por Agustina Menéndez, Licenciada en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y voluntaria de MDLC América Latina y el Caribe.
Article translated to English below
En un contexto de tensiones e incertidumbre en los escenarios políticos y económicos, que plantean grandes desafíos para el trabajo sostenido de las organizaciones de la sociedad civil, se realizó un encuentro que reunió a referentes comunitarios, líderes sociales y representantes de seis países de América Latina. En el marco del panel de presentación del Movimiento para el Desarrollo Liderado por las Comunidades (MDLC) ante organizaciones amigas de Colombia que tuvo lugar el jueves 19 de febrero 2026, se generó un espacio de intercambio, reflexión colectiva y construcción de vínculos entre actores de distintos territorios, unidos por preocupaciones y convicciones comunes.
Desde el inicio, el foco estuvo puesto en algo central: el rol de las comunidades interconectadas como protagonistas del cambio. Más allá de los desafíos compartidos entre comunidades y organizaciones de base latinoamericanas, el encuentro permitió visibilizar sus capacidades, aprendizajes y todo lo que pueden construir cuando trabajan juntas. El diálogo reunió distintos ejes, pero siempre volvió sobre la idea de que la integración regional es una herramienta para fortalecer a las comunidades e impulsar procesos de desarrollo desde los territorios, liderados por las propias organizaciones de base y sostenidos en la acción colectiva.

Problemáticas en común: dependencia económica y violencias históricas
Edgardo Benítez, presidente de la junta directiva del Instituto para el Futuro Común Amerindio (IFCA) de Honduras y co-coordinador de la Asociación Nacional de Honduras del MDLC, abrió su presentación con una reflexión sobre la situación de las organizaciones de base en la región. Recorrió procesos históricos que han reforzado la subordinación de América Latina en el orden mundial, desde la Guerra Fría hasta el Plan Cóndor y acuerdos económicos como el Consenso de Washington, que marcaron las estructuras productivas y políticas de la región. En esta línea, se visibilizó que, como conjunto, las comunidades siguen enfrentando situaciones de violencia vinculadas a la defensa del territorio, los recursos naturales y los derechos colectivos.
El diagnóstico compartido, por ende, es que la región sigue atravesada por relaciones de dependencia que limitan su desarrollo autónomo. En ese marco, la cooperación internacional, que durante años sostuvo a muchas organizaciones, hoy resulta insuficiente. Los recortes en financiamiento y los cambios en las prioridades globales redujeron los recursos disponibles y aumentaron la competencia. Como señaló Paola Andrea Quiñónez Caicedo, de FUNVIMUFROIN Colombia, esto hace que los fondos se concentren en organizaciones más grandes, mientras que las que trabajan directamente en los territorios tienen más dificultades para acceder a financiamiento.
Esta situación deja en evidencia los riesgos de depender de recursos externos. Muchos proyectos se vieron obligados a frenar cuando el financiamiento se retiró. Frente a esto, surgió con fuerza la necesidad de construir modelos más sostenibles, basados en los propios recursos así cómo en la confianza entre organizaciones. De esta forma, la crisis de la cooperación se reformula como una oportunidad para repensar y enriquecer las formas de desarrollo de los procesos comunitarios. En este proceso la solidaridad, como valor y como forma de trabajo, asume un protagonismo central.
Construyendo en conjunto, desde abajo
El encuentro estuvo marcado por una fuerte apuesta por la organización colectiva como fundamento necesario para la incidencia y la autosuficiencia. Aunque los grupos enfrentan problemáticas específicas, muchas de ellas tienen raíces comunes. Esto refuerza la necesidad de construir respuestas en conjunto y de fortalecer la unidad.
Como señaló Luana Esquenazi, coordinadora del MDLC América Latina y el Caribe, el origen de la sociedad civil está en la capacidad de las personas para organizarse frente a los problemas que enfrentan, en un sentido superador. Esa base sigue siendo central. El desarrollo liderado por las comunidades se sostiene en esa fuerza colectiva y solidaria, en la dignidad de las personas y en su capacidad de generar respuestas y propuestas propias.
En este sentido, Marcos Aguilar, referente de la organización Rede Nacional de Articulação dos Indígenas em Contextos Urbanos e Migrantes (RENIU), destacó la importancia de la red. El trabajo en redes nos ayuda a reconocer tanto las similitudes cómo las particularidades en las trayectorias de distintas luchas sociales (cómo las de pueblos indígenas, migrantes, afrodescendientes, mujeres, trabajadores/as, disidencias sexuales, etc). A partir de ello, se fortalece la comprensión sobre cómo se pueden articular distintas habilidades, conocimientos y herramientas para enfrentar problemáticas y formas de opresión que, en muchos casos, comparten raíces comunes. De este modo, se pone en valor la diversidad y la necesidad de construir enfoques que contemplen la interseccionalidad de las condiciones de vulnerabilidad y de las estrategias de transformación.
El encuentro puso en claro la capacidad de las comunidades para incidir en sus contextos. A través de la organización y la construcción de alianzas, las comunidades responden a problemas a la vez que generan cambios más amplios. La incidencia aparece así como una dimensión clave del trabajo colectivo. Aunque la resiliencia de las comunidades ante situaciones adversas es un valor y una capacidad invaluable, sus trabajos y experiencias van más allá de la supervivencia: en medio de los problemas que enfrenta, constantemente proponen, innovan, construyen y transforman realidades desde una voz propia y compartida.
Cómo ilustración de estas nociones, durante el encuentro se compartieron ejemplos concretos de comunidades que, desde la solidaridad y el reconocimiento de sus capacidades de incidencia, impulsan iniciativas para proteger ecosistemas, defender territorios e historias o gestionar recursos de forma sostenible y colectiva. Paola destacó la existencia de espacios de formación que nacen del intercambio de conocimientos entre las propias comunidades, que aportan a la auto-suficiencia y a la evolución constante de las prácticas construidas desde abajo, sin necesidad de grandes recursos. Asimismo, se pusieron en valor prácticas tradicionales de trabajo colectivo presentes en la región. Luana mencionó formas de cooperación como el Konbit en Haití, donde las comunidades se organizan para trabajar juntas en tareas productivas.
Todas estas acciones reflejan una lógica basada en la solidaridad y la interdependencia, dirigidas a sostener la vida en común desde las bases y a transformar las condiciones de existencia de forma intencionada y activa. Cómo experiencias, demuestran que el desarrollo no depende sólo -ni principalmente- del financiamiento, sino también del reconocimiento de los saberes locales, de la confianza y del trabajo en común. En este sentido, el Desarrollo Liderado por las Comunidades (DLC) se vincula directamente con la capacidad de las comunidades de construir sus propios caminos, basados en sus necesidades, tiempos, talentos y prioridades.
El futuro de la integración latinoamericana en el MDLC
Como planteó Juan Mira, del Fondo Emerger de Colombia, la invitación del MDLC es a trabajar en conjunto para construir un futuro compartido. Esto implica también transformar las formas tradicionales de trabajo de la sociedad civil, apostando por relaciones horizontales y basadas en la solidaridad. La respuesta a la presentación del MDLC fue muy positiva: varias organizaciones mostraron interés en sumarse, reconociendo el valor de ser parte de una red que conecta comunidades, experiencias, estrategias y aprendizajes en toda la región.
El DLC no se entiende cómo una propuesta abstracta: es un modelo de solidaridad, autosostenibilidad e incidencia que se practica y potencia en cada territorio, que forma parte de la vida diaria de las comunidades y que puede -o debe- fortalecerse desde la integración regional. En este marco, la estructura del MDLC, basada en Asociaciones Nacionales y redes regionales y globales, responde a esta necesidad de articulación y permite fortalecer el trabajo colectivo sin perder la identidad y poder de decisión de cada comunidad.
English Translation: MCLD is Expanding in Colombia
by Agustina Menéndez, who holds a degree in Sociology from the University of Buenos Aires and is a volunteer with MDLC Latin America and the Caribbean.
Against a backdrop of tensions and uncertainty in the political and economic spheres—which pose significant challenges to the sustained work of civil society organizations—a meeting was held that brought together community leaders, social leaders, and representatives from six Latin American countries. As part of the panel that took place on February 19th, 2026, presentation of the Movement for Community-Led Development (MDLC) to partner organizations in Colombia, a space was created for exchange, collective reflection, and the building of connections among actors from different regions, united by shared concerns and convictions.
From the outset, the discussion focused on a central theme: the role of interconnected communities as agents of change. Beyond the shared challenges faced by Latin American communities and grassroots organizations, the meeting highlighted their capabilities, lessons learned, and all that they can achieve when working together. The dialogue covered various themes but consistently returned to the idea that regional integration is a tool for strengthening communities and driving development processes from the ground up—led by grassroots organizations themselves and sustained by collective action.

Common challenges: economic dependence and historical violence
Edgardo Benítez, president of the board of directors of the Institute for the Common Amerindian Future (IFCA) in Honduras and co-coordinator of the Honduran National Association of the MDLC, opened his presentation with a reflection on the situation of grassroots organizations in the region. He traced historical processes that have reinforced Latin America’s subordination within the global order, from the Cold War to Operation Condor and economic agreements such as the Washington Consensus, which shaped the region’s productive and political structures. In this vein, it became clear that, as a whole, communities continue to face situations of violence linked to the defense of territory, natural resources, and collective rights.
The shared assessment of the panelists, therefore, was that the region remains entangled in relationships of dependency that limit its autonomous development. Within this framework, international cooperation, which for years supported many organizations, is now insufficient. Funding cuts and shifts in global priorities have reduced available resources and increased competition. As Paola Andrea Quiñónez Caicedo of FUNVIMUFROIN Colombia noted, this leads to funds being concentrated in larger organizations, while those working directly in the territories face greater difficulties in accessing financing.
This situation highlights the risks of relying on external resources. Many projects were forced to halt when funding was withdrawn. In response, there emerged a strong need to build more sustainable models, based on their own resources as well as on trust among organizations. In this way, the crisis in cooperation is reframed as an opportunity to rethink and enrich how community processes develop. In this process, solidarity—as a value and as a way of working—takes center stage.
Building Together, from the Ground Up
The meeting was marked by a strong commitment to collective organization as a necessary foundation for advocacy and self-sufficiency. Although groups face specific challenges, many of them share common roots. This reinforces the need to build responses together and to strengthen unity.
As Luana Esquenazi, coordinator of MDLC Latin America and the Caribbean, pointed out, the origin of civil society lies in people’s ability to organize in the face of the problems they encounter, with a view to overcoming them. That foundation remains central. Community-led development is sustained by that collective and solidarity-based strength, by people’s dignity, and by their capacity to generate their own responses and proposals.
In this regard, Marcos Aguilar, a leading figure in the National Network for the Coordination of Indigenous Peoples in Urban and Migrant Contexts (RENIU), highlighted the importance of networks. Networking helps us recognize both the similarities and the particularities in the trajectories of different social struggles (such as those of indigenous peoples, migrants, people of African descent, women, workers, sexual minorities, etc.). This strengthens our understanding of how different skills, knowledge, and tools can be coordinated to address problems and forms of oppression that, in many cases, share common roots. In this way, diversity is valued, along with the need to develop approaches that take into account the intersectionality of conditions of vulnerability and strategies for transformation.
The meeting highlighted communities’ capacity to influence their contexts. Through organization and the building of alliances, communities respond to problems while simultaneously generating broader changes. Advocacy thus emerges as a key dimension of collective work. Although communities’ resilience in the face of adverse situations is an invaluable asset and capacity, their work and experiences go beyond mere survival: amidst the challenges they face, they constantly propose, innovate, build, and transform realities through their own shared voice.
To illustrate these concepts, the meeting featured concrete examples of communities that, through solidarity and recognition of their advocacy capabilities, drive initiatives to protect ecosystems, defend territories and histories, or manage resources sustainably and collectively. Paola highlighted training spaces that emerge from knowledge exchange among the communities themselves; these contribute to self-sufficiency and the constant evolution of practices built from the ground up, without the need for significant resources. Likewise, traditional practices of collective work present in the region were emphasized. Luana mentioned forms of cooperation, such as Konbit in Haiti, where communities organize to work together on productive tasks.
All these actions reflect a logic based on solidarity and interdependence, aimed at sustaining communal life from the grassroots and transforming living conditions in an intentional and active manner. As experiences, they demonstrate that development does not depend solely—or even primarily—on funding, but also on the recognition of local knowledge, trust, and collective work. In this sense, Community-Led Development (CLD) is directly linked to communities’ capacity to forge their own paths, based on their needs, timelines, talents, and priorities.
The Future of Latin American Integration in MCLD
As Juan Mira of Colombia’s Fondo Emerger noted, MCLD’s invitation is to work together to build a shared future by transforming traditional ways of working in civil society, prioritizing horizontal relationships based on solidarity. The response to the MDLC presentation was very positive: several organizations expressed interest in joining, recognizing the value of being part of a network that connects communities, experiences, strategies, and lessons learned across the region.
MCLD is not to be understood as an abstract proposal: it is a model of solidarity, self-sustainability, and advocacy that is practiced and strengthened in each territory, that forms part of the daily life of communities, and that can—or must—be strengthened through regional integration. Within this framework, MCLD’s structure, based on National Associations and regional and global networks, responds to this need for coordination and enables the strengthening of collective work without losing the identity and decision-making power of each community.
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